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De agua y de sillar
Ricardo Córdova Farfán


Carlos Herrera

Hace veinte años, el 30 de noviembre del año 2000 el Comité del Patrimonio Mundial reunido en Cairns (Australia) inscribió el centro histórico de Arequipa en la Lista del Patrimonio Mundial. El anuncio del Comité indicaba sucintamente el criterio empleado para tal decisión: 

“Construidos con la roca volcánica denominada sillar, los edificios del centro histórico de Arequipa son representativos de la fusión de las técnicas de construcción europeas y autóctonas, plasmadas en el trabajo admirable de los arquitectos y maestros de obras españoles y los albañiles criollos e indígenas. Esta fusión se patentiza en los robustos muros de las edificaciones con arcadas y bóvedas, los patios y espacios abiertos, y la compleja decoración barroca de las fachadas.”

Es inobjetable, pues, la importancia del sillar en la definición de la excepcionalidad de la arquitectura arequipeña, que a su vez es, dialécticamente, producto y causa de la identidad misma de la ciudad y de sus habitantes. Uno de los más ilustres hijos de Arequipa, José Luis Bustamante y Rivero, lo decía de más bella y precisa manera:

“Pétrea ciudad adusta. Sólida trabazón de viviendas donde el sillar es símbolo de la psicología colectiva: roca y espuma; dureza y ductilidad. Amalgama de fuego, en que el aliento del volcán funde y anima las piedras y las almas”.

El sillar es, entonces, fuego congelado. Y, por uno de esos sortilegios que explican el equilibrio del universo, el elemento que mejor lo describe es el agua. De las acuarelas.

La acuarela no nació en Arequipa, pero a nadie le hubiera extrañado que así fuera. Una disciplina hecha de luz y geometría encuentra el contexto ideal para desarrollarse en la Blanca Ciudad, donde dos pinceladas pueden crear un monumento.

Cuando uno está instalado en una banca de la Plaza de Armas, en pleno día, la fuerza del sol obliga a entrecerrar los ojos. Ahora bien: entrecerrar los ojos da mayor agudeza a la mirada.  Los volúmenes y los claroscuros adquieren definición, peso y contornos.  La realidad es más clara. Lo que implica que los conceptos devienen más claros. De ahí que hayan florecido en la ciudad espíritus matemáticos y científicos de alto vuelo, así como jurisconsultos y escritores brillantes. Y fotógrafos y caricaturistas. Y acuarelistas. 

Ricardo Córdova (Arequipa, 1961), desde que comenzara su precoz carrera artística con una exposición en el atrio de la iglesia de Yanahuara en 1973, ha ganado todo lo ganable en concursos, con una predilección por la acuarela. Su talento ciertamente no se ha limitado a expresarse en dicha técnica, y es muy probable que su producción en óleos y acrílicos sea más importante en cantidad y no menos valiosa en calidad. En esta exposición, en todo caso, la excelencia de su arte se despliega en la acuarela, esa disciplina de luz, vacíos e inmediatez. 

¿Cuál es el factor que mejor define sus dotes como artista? Quizás el sentido de la composición; esa sabia manera de disponer volúmenes y perspectivas, aún de las materias más banales o básicas –un cobertizo de calaminas, una ruina, una extensa cantera- para crear la impresión de armonía que domina el horizonte y provoca la sensación de que cualquier otro elemento sobra en el cuadro. De ahí a la abstracción hay solo un paso, que disimuladamente franquea de vez en cuando perfilando sus sillares de lava y agua contra el cielo.

A través de Ricardo Córdova, el Centro Cultural Inca Garcilaso rinde homenaje a los artistas y artesanos que construyeron y reconstruyeron Arequipa a lo largo de casi medio milenio, utilizando sillar para los muros, ojo para la geometría y espíritu como amalgama.


Ricardo Córdova Farfán

Arequipa, 1961

Inició sus estudios de pintura a los 12 años, con Julio César Morales, quien fuera también maestro del acuarelista Vinatea Reinoso. Un año después, a la temprana edad de trece años, realizó su primera muestra individual. Al mismo tiempo estudió cerámica, graduándose en el Centro de Capacitación Artesanal Mixto de Arequipa, en 1976.

En 1983, ingresó a la nueva Escuela de Artes de la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa, con maestros como Miguel Espinoza y Ramiro Pareja. Ha obtenido una maestría en Artes (2003) y un doctorado en Filosofía por la Universidad Nacional de San Agustín (2008).

Además de su trabajo como artista, desde muy joven ha ejercido la docencia en distintas instituciones. Ingresó como profesor auxiliar en la Escuela de Artes de la Universidad Nacional de San Agustín, en 1991, donde actualmente se desempeña como profesor principal, y profesor de posgrado. 

Ha realizado cerca de 30 muestras individuales y varias colectivas, que han llevado su obra a Colombia, Chile, Ecuador, Alemania, Estados Unidos, Francia y China. Desde 1980 su trabajo ha merecido varios premios de pintura, como el Michell, en óleo y acuarela; los premios del Instituto Peruano-Norteamericano, en acuarela; John Constable, del Peruano Británico, Artistas Jóvenes, entre otros. Ha participado en numerosas bienales y ferias de arte como PARC- MAC Lima (2013 y 2014); Arteaméricas -The Latin American Art Fair, La Galería, Miami (desde 2006 a 2010) y Shanghai Art Fair, Latin American Pavillion (LAP), China (2008).

Fecha

Del 22 de octubre de 2020 al 7 de febrero de 2021

Lugar

Jr. Ucayali 391, Cercado de Lima

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